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domingo, 20 de marzo de 2011


Los lectores guardamos recuerdos, junto a Antonio Machado, de un patio de Sevilla y de un huerto donde madura el limonero. También nos hemos sentido olvidados muchas veces, al lado de Bécquer, en un ángulo oscuro del salón. Y solemos vivir en una frontera que se agita entre la realidad y el deseo, como nos explicó Cernuda. El martes pasado, después de una lectura de poemas en la Biblioteca Pública Infanta Elena de Sevilla, se me acercó una amiga lectora para comentarme que el Ayuntamiento va a poner el nombre de Felipe González a su gran biblioteca pública.

El malestar que sentí no depende de mis opiniones políticas sobre la infanta Elena o Felipe González. Como cualquier ciudadano, tengo una historia de heridas particulares con nuestros presidentes. Felipe González no es para mí el impulsor de la gran transformación española, sino el responsable de que esa transformación, inevitable con la llegada del capitalismo avanzado europeo, se desplazase sin diques hacia el pelotazo económico, la corrupción política y el olvido. La entrada en la OTAN, además de alimentar a destiempo una voluntad militarista que desembocó en los desmanes internacionales de Bush, significó el olvido del siglo XX español. La barbarie de la Guerra Civil había extendido entre nosotros una voluntad pacifista que se perdió de golpe. Y el GAL acabó con la inocencia del Estado democrático que habíamos imaginado después de muchos años de dictadura. Felipe González nos invitó a olvidar las lecciones del “nunca más” que nos había dejado nuestra maldita historia reciente. Entre otras cosas, una biblioteca debe ser un recinto de la memoria.

Pero el malestar ante la idea de una Biblioteca Pública Felipe González no se debió a mis opiniones sobre su significado histórico. Fue otra cosa. Me incomoda desde hace meses la conciencia de que la política está fuera de lugar, llena de espuma sucia, convertida en un circo mediático de ida y vuelta. Estoy cansado de entrar en un taxi y que una emisora de radio descuartice al presidente Rodríguez Zapatero o que en la barra del bar un corro de amigos se alarme por la gran amenaza que supone la llegada de Rajoy al poder. En los últimos días, con las revueltas árabes, se ha hablado de la muralla de dictadores que Occidente colocó en el Norte de África para ocultar sus negocios y controlar a las víctimas. Pues bien, la política en España se ha convertido en una muralla que oculta a los verdaderos culpables de la situación económica, a los poderes reales del país.

Los políticos sólo son responsables indirectos de la situación. Se critica mucho a Rodríguez Zapatero por el paro en España. Bueno, pues conviene recordar que él no ha despedido a nadie. ¿Por qué no criticar a los grandes ejecutivos que hacen negocios, degradan las condiciones laborales y despiden sin respeto al capital humano de sus empresas? Zapatero es responsable de haber facilitado una legislación al servicio de los poderes económicos. Pero su servidumbre política no puede ocultarnos el nombre de los verdaderos causantes. Y esos nombres nunca aparecen en la barra de los bares o en la emisora del taxi.

La muralla mediática de la política consolida la muralla política de los medios. Habría que empezar a preguntarse qué es de verdad una noticia política. ¿Son noticias políticas los chistes de fin de semana con los que Blanco ejercita su ingenio despectivo contra Rajoy y Cospedal arremete de forma demagógica y calumniosa contra los socialistas? Hemos llegado a una situación en la que el 90% de las entrevistas y declaraciones de los políticos son prescindibles y dañinas, porque no aportan nada y sólo sirven para desacreditar su función imprescindible. Con todas las cosas dignas de información que tiene la realidad, deberíamos empezar a desnudar la política, darle protagonismo sólo cuando ofrezca un dato objetivo, una idea, una ley, pero no una calumnia o un chiste demagógico. Si nos olvidamos un poco del rugido de las fieras, podremos descubrir cómo actúan los látigos de sus domadores.

Las cosas en su sitio, y la política también, si es que pretendemos dignificarla. Una Biblioteca Pública de Sevilla debería llevar el nombre de Bécquer o de Machado. Cernuda ya tiene una modesta biblioteca de barrio.

Luis García Montero (Granada, 4 de diciembre de 1958) es una de las principales figuras de la actual poesía española.

lunes, 7 de febrero de 2011

En este artículo, Luis García Montero, describe aquello que piensan muchas personas de pensamiento crítico y que, diariamente ven como 'los meteorólogos de campanario', esos 'economistas institucionales y banquerizados', siempre al servicio del capital, defienden medidas vendidas como imprescindibles para combatir una crisis inventada por ellos, y de esa manera reducir a la nada los derechos de los ciudadanos, al mismo tiempo que ellos se enriquecen más y más. Leedlo, bien merece la pena.


Párrocos de un dios sucio

Cuando los jóvenes poetas españoles celebraron en 1927 el homenaje a don Luis de Góngora, Gerardo Diego se encargó de hacer una antología de autores gongorinos. Confesó en su prólogo que le habían sido de mucha ayuda las descalificaciones de los eruditos. Si un escritor era despreciado por algún famoso académico, lo buscaba de forma inmediata, seguro de descubrir una mina de verdadera poesía. Los eruditos siempre acertaban al revés, como los meteorólogos de campanario.

Recuerdo ahora este curioso prólogo de Gerardo Diego. Siento una necesidad intelectual muy parecida cuando oigo hablar a los economistas institucionales y banquerizados. Cada vez que argumentan razones objetivas para adoptar una medida, creo que aciertan al revés y me decido a apoyar la opinión contraria. Esta crisis ha demostrado una vez más que, pese a utilizar un tono de análisis científico y una pretendida observación de leyes universales, los responsables de nuestras finanzas, ya sean expertos de la especulación y la deuda o dirigentes institucionales, se comportan como párrocos de un dios sucio llamado dinero. No piensan en la vida y la dignidad de la gente cuando elaboran sus ideas sobre el bien y el mal. Sólo les preocupan los beneficios del capital especulativo que representan. Sometidos a una ideología más que a una ciencia, podemos aplicarles la frase con la que el maestro Karl Kraus definió la idea de progreso argumentada por los negociantes que provocaron la Primera Guerra Mundial. Este tipo de economistas se dedican a “fabricar monederos con piel humana”.

El asalto en España a las cajas de ahorros es la gota que colma el vaso de la paciencia cívica. Es hiriente la autocrítica del FMI reconociendo que ha sido muy duro con los pobres y muy blando con los ricos. Esa no es una consecuencia de la mala gestión de Rato, sino la única razón de ser del FMI. Es ridícula la solemnidad intelectual de los economistas que, olvidando su incapacidad para evitar la crisis, hacen gala de su ciencia para exigir la liquidación de los derechos conquistados por los ciudadanos. Parecen médicos que, incapaces de diagnosticar una enfermedad, nos mandan a la farmacia a comprar venenos. ¿Pero en nombre de qué ciencia hablan? Los expertos del Banco de España, en vez de vigilar la salud del sistema financiero español, como era su obligación, se han dedicado a exigir el cumplimiento de los mandamientos neoliberales: congelación de salarios, recortes de gasto social y bajada de impuestos a los ricos. Esos mismos expertos han abanderado después la transformación de las cajas de ahorros en bancos por los problemas económicos que ellos no advirtieron.

Cuando oigo que hacen falta en las cajas profesionales de las finanzas en vez de representantes públicos, recuerdo que los responsables de la crisis no han sido los políticos, sino los profesionales de la especulación. Y recuerdo que ha habido banqueros muy profesionales descubiertos en graves estafas y perdonados gracias a su capacidad de presionar en el mundo político. Los meteorólogos de campanario aciertan al revés. Deberíamos consolidar los fundamentos de una banca pública. El único error en esto de las Cajas es que algunos políticos se han comportado como banqueros.

Cuando oigo hablar de las salidas a Bolsa y del rigor económico, recuerdo también que la mayoría de los proyectos solidarios que conozco (el patrimonio cultural, la integración de inmigrantes o la lucha contra la extirpación del clítoris a las niñas de un país africano), se subvencionan con apoyos de la obra social de las cajas. Su arraigo territorial, la obligación de invertir en proyectos sociales parte de sus beneficios, facilitaba que el dinero conservase todavía un tímido disfraz humano. Todo esto, y es el 50% del sistema financiero español, se desmantela y se pone en manos de los buitres de la especulación internacional. ¡Maldita sea!

Conviene que la rebeldía del pensamiento económico se instale en el centro de la preocupación de los ciudadanos. No el paro, las pensiones o la jubilación, sino las políticas que nos someten al camino marcado por los buitres y defendido por sus párrocos. Hay que converger en una plaza rebelde. Y las urnas son metáfora importante de esa plaza. La derrota empieza por nosotros mismos si no somos capaces de darle sentido a nuestro voto. ¿Monederos de piel humana? Con mi voto, no.

Luis García Montero es poeta.

domingo, 19 de diciembre de 2010



Es preocupante la histeria demagógica que ha diseñado el PP para ganar las elecciones. Pero confieso que, en los últimos meses, me preocupa más todo lo que está haciendo el Gobierno, con empeñado esfuerzo, para perderlas. Parece muy probable que Mariano Rajoy sea nuestro próximo presidente. Para que suceda por fin este asombroso acontecimiento no basta con la disciplinada fe del electorado tradicionalista. Resulta imprescindible la ayuda que le están prestando José Luis Rodríguez Zapatero y sus colaboradores.

Se ha dado un cambio significativo en el vocabulario político del país. Hasta las pasadas elecciones, el concepto de voto inútil servía para calificar el apoyo testimonial a una opción minoritaria. En una realidad marcada por la hipocresía estructural, puesta en evidencia por Wikileaks, quedan todavía votantes de izquierdas que, al margen de las coyunturas y las mayorías, intentan dejar en la urna sus sentimientos verdaderos. Estos ciudadanos eran hasta ahora los dueños del voto inútil. Pero las cosas han cambiado en el último curso político. El voto inútil define hoy el apoyo a un Gobierno socialista sin autoridad ni poder político, sometido al mandato de los mercados financieros. La pregunta ya no es: ¿para qué votar a IU, si tengo miedo de que gane el PP? Hay una nueva formulación: ¿para qué votar al PSOE, si sólo hace lo que le mandan los mercados?

La imagen de un Gobierno socialista que en cada sesión parlamentaria aprueba unos cuantos recortes sociales, unas cuantas medidas contra la dignidad laboral y una militarización, empieza a ser patética. Y no me refiero en esta ocasión a su responsabilidad ideológica, sino al sentido desnortado de su utilidad política. Las actuaciones gubernamentales están respondiendo a un error de cálculo. Al principio de la legislatura resultaba posible pensar que si la economía mejoraba, el PSOE podría ganar las elecciones conquistando el voto de centro. Para eso había que demostrar firmeza de gobierno y aplicar, costasen lo que costasen, medidas de ajuste. El aplauso de la Europa neoliberal iba a ser su mejor baza a la hora de presentarse como una opción creíble.

Pero el panorama ha cambiado en pocos meses. Hoy la firmeza del Gobierno se ha convertido en el espectáculo patético de un voto inútil que gobierna al dictado de los especuladores. Limitarse a quedar bien ante la avaricia de los mercados es un callejón ridículo y sin salida. Así vamos a vivir, por ejemplo, el debate sobre la edad de jubilación. Se trata posiblemente de un debate necesario. Pero se hace de mal modo, no como una reflexión política de los ciudadanos y sus partidos, sino como un recorte social para calmar a los mercados. ¿Por qué hay que tomar decisiones apresuradas, y antes de las elecciones municipales? Zapatero se equivoca. Su viejo cálculo de tiempos para preparar las elecciones generales quedará desbordado por una bola de nieve en forma de pregunta: ¿para qué votar al PSOE? Esa pregunta está haciendo más daño entre el electorado socialista que la oposición demagógica del PP. No cambiar de rumbo es una terquedad suicida.

Cuando se acerquen más las elecciones, el voto inútil de ahora intentará agredir a Izquierda Unida, el voto inútil de siempre. Se redoblarán las informaciones despreciativas sobre la llamada “izquierda minoritaria”. Ya vuelve a utilizarse el concepto de “la pinza” para denunciar que el PP e IU coincidan en algunas votaciones de rechazo a las medidas del Gobierno. Resulta también patético el cinismo de los que quieren demonizar a la izquierda por su apoyo a los sindicatos y sus críticas a los recortes sociales. La salud parlamentaria está mal, pero la estrategia bipartidista no puede perder la vergüenza democrática hasta ese punto.

Los desprecios a IU no servirán esta vez para sostener al PSOE. Facilitarán una catástrofe general. El PSOE morirá matando la posibilidad de una opción política a su izquierda. Tal vez se trate de eso, de perder con gusto, para reforzar una dinámica de turnos en la que quede fuera de lugar cualquier alternativa real. Pero es una estrategia muy temeraria. El capitalismo ha puesto en marcha una verdadera revolución de los ricos contra los pobres, de los mercados contra la soberanía cívica. No tomar conciencia de lo que está en juego significa renunciar para siempre al Estado, a la política y a la democracia.

Luis García Montero es poeta.